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29/7/08

Karadzic ante su destino

La suerte de los grandes criminales la decide el poder. Si están ejerciendo el poder, sus crímenes mantienen la impunidad que el mundo les otorga, por el simple hecho de gobernar sus masacrados países. Cuestión de influencias e intereses, todo se explica en función de una agenda internacional, cuya prioridad nunca ha sido los derechos humanos Los ejemplos de grandes dictadores que mantienen en situación de extremo despotismo a sus poblaciones, y que han perpetrado todo tipo de crímenes, sin ningún rasguño en la conciencia planetaria pueblan las trágicas estadísticas. Ahí está Than Shwe, el jefe de Estado de la junta militar birmana, que gobierna su temible dictadura desde 1962. El gobierno de Birmania masacra sistemáticamente a la población, encarcela y asesina a opositores, instiga los conocidos como batallones de violadores,que escogen a mujeres de etnias pobres, para servir a los mandos del ejército, y ha instaurado un régimen de corrupción sistemática que ha llevado al país a una de las penurias más extremas del mundo. Sólo cabe recordar la tragedia del ciclón Nargis, tras cuyo paso perdieron la vida 85.000 personas, y 60.000 se dan por desaparecidas. Los relatos de los pocos cooperantes explicando cómo vagaban centenares de niños que se habían quedado huérfanos, sin ni ningún tipo de ayuda, eran escalofriantes. La actuación del régimen militar birmano, impidiendo la ayuda humanitaria, ejerciendo un control corrupto sobre la ayuda financiera y abandonando a la población a su dramática suerte, ha sido de una crueldad extrema, y sin embargo, nada pasa. Un régimen que se permite mantener arrestada, durante más de una década, a la líder opositora Aung San Suu Kyi, premio Nobel de la paz y virtual ganadora de las elecciones, es un régimen que sabe que goza de impunidad internacional.

En la misma tesitura está el dictador de Sudán, Omar Hasan Ahmad al Bashir, que se ríe en la cara del mundo, ante su presumible juicio por crímenes contra la humanidad en el tribunal de La Haya. China y Rusia ya han dejado claro que no van a permitir ningún rasguño para este temible criminal, cuyas fuerzas militares han provocado la tragedia de Darfur, con centenares de miles de muertos. No olvidemos que China incluso ha construido fábricas de armamento en suelo sudanés. The New York Times explicaba el otro día el paseo triunfal de Hasan al Bashir por Darfur, bailando su euforia sobre un jeep del ejército, con miles de seguidores gritando su nombre. ¿Quién le tocará un pelo a este fanático fundamentalista, quizás el peor tirano que hoy existe en el mundo? Nadie. No veremos a este criminal en el tribunal de La Haya. Y si continuamos pasando el algodón a la vergüenza del planeta, ahí están todas las violaciones de los derechos humanos que perpetran otras dictaduras islámicas, con Irán en el top ten de barbaridades. Esta misma semana ha ejecutado a 30 personas, algunas de ellas condenadas por ser homosexuales. Suma y sigue. Por ello, cuando llega la noticia de la detención de Radovan Karadzic, la Carta de los Derechos Humanos respira un poquito. El responsable político de la matanza de Srebrenica, donde asesinaron a más de 8.000 personas, en lo que se conoce como la mayor masacre planificada en Europa desde el holocausto, será juzgado por crímenes contra la humanidad. Ha pasado más de una década desde la matanza, cuando las ínfulas del discurso ultranacionalista de la Gran Serbia llenaban de horror las tierras balcánicas. Recuerdo que por entonces IU se negaba a una intervención de la OTAN para acabar con las limpiezas étnicas serbias... En fin. Finalmente, pues, Karadzic será juzgado. Perdido el poder, le llegó su hora.

Sin embargo, ¿ello significa que la justicia internacional es capaz de perseguir a los grandes criminales? Para nada. Sólo demuestra que saca pecho si los criminales se han convertido en simples derrotados.

7/4/08

Contra la antorcha olímpica en Londres

A medida que la antorcha olímpica recorre las calles de Londres, bajo una constante nevada, decenas de activistas intentan impedir su progreso.

Una forma de protestar por las violaciones a los Derechos Humanos perpetradas por el gobierno chino contra sus propios ciudadanos – que incluye detenciones ilegales, torturas y pena de muerte – y por su apoyo a los regímenes de Sudán y Birmania.

Un hombre trató de arrancar la antorcha a un niño, que la presentaba a las televisiones, y otro utilizó un matafuego para tratar de apagar la llama que promociona, bajo el lema Enciende la pasión, comparte los sueños, los Juegos Olímpicos que se celebrarán dentro de 122 días.

Mientras que dos mil policías londinenses velan por la seguridad, y la procesión de 31 millas aún continúa, más y más manifestantes se arrojan al suelo envueltos en banderas tibetanas y gritando “libertad”, interrumpiendo así una y otra vez la marcha en la que participan más de 80 atletas y estrellas locales.

En Downing Street

Algunos políticos ingleses han salido ya a criticar que esta mañana el primer ministro Gordon Brown recibiera la antorcha en su residencia oficial de Downing Street.

A lo que un portavoz oficial acaba de responder que “sólo se trata de un apoyo a los Juegos Olímpicos, y no a la situación de los derechos humanos que tanto preocupa a la comunidad internacional”.

A lo largo de los próximos días, la antorcha olímpica continuará con su recorrido de 22 países, el más largo de la historia, todo un símbolo del poderío de China.

Sus próximos destinos serán París, San Francisco, Buenos Aires. Desde donde saltará a África y volverá a Asia. De esta última parte del recorrido, el punto crucial se encontrará en Nueva Delhi, por la proximidad de la comunidad tibetana en el exilio en Dharamsala. ¿Cómo responderá el gobierno Indio?

Efecto en cadena

Si el ejemplo de las miles de personas que hoy, a pesar del frío, viajaron desde toda Gran Bretaña a Londres para mostrar su repulsa a la política del Ejecutivo de Beijing, es seguido en otras partes del mundo – y se espera que así suceda – podemos estar ante un hecho histórico, comparable a las manifestaciones multitudinarias contra la guerra de Irak.

Una reacción de la sociedad civil que sale de su aletargamiento para protestar en solidaridad con todos aquellos, chinos o tibetanos, que están sufriendo en estos momentos abusos, palizas, arrestos injustificados, en las mazmorras del gigante asiático.

Desde esta humilde tribuna, aplaudo la actitud de los manifestantes de Londres. Y espero que su compromiso tenga un efecto mimético y despierte reacciones similares en todo el planeta.

Deportes y derechos humanos

Mi mayor respeto a los deportistas, que con esfuerzo y en el anonimato se preparan durante años para dar muestras de sus capacidades (muchos de ellos deben estar ante un nada envidiable dilema moral).

Pero no debemos olvidar que más importante que correr rápido, lanzar jabalinas o saltar vallas, es mostrar nuestra empatía y nuestra solidaridad con quienes están sufriendo a manos de un régimen totalitario, que ante el comienzo de los próximos Juegos Olímpicos, optaron no por la apertura, el diálogo y la tolerancia, sino por la brutal represión, como informaba el pasado miércoles Amnistía Internacional.

Sabemos que los Juegos Olímpicos son un fantástico negocio, por lo que no esperamos rectificación ni compromiso alguno de sus organizadores, que velan por su parcela de poder y sus puestos de trabajo, como es comprensible. Basta ver en la página oficial de la antorcha olímpica, los logotipos de Coca Cola, Samsung y Lenovo.

Sabemos que nuestros líderes políticos, más preocupados por esos intereses geoestratégicos que tantos nos cuesta entender - como sucede, salvando las diferencias, con Palestina y con el Sáhara- y por defender las inversiones de los empresarios que han desembarcado en ese mercado de 1.300 millones de consumidores, que por los derechos humanos, no estarán a la altura del desafío.

Por estas razones, queda en manos de la sociedad civil, de los ciudadanos del mundo, levantar la voz y mostrar su repulsa a la conducta del gobierno de Beijing, que también ampara y protege a sus pares en Rangún y Jartúm. Quizás sea la única oportunidad que tengamos de hacerlo en mucho tiempo.

20 minutos